San Arsenio, 19 de julio.
YossMaria | June 27, 2010
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Hijas del Sagrado Corazón de Jesús IFCJ
San Arsenio el Grande- 19 de Julio
Las fuentes fidedignas que permiten conocer la vida de Arsenio se deben a san Teodoro Studita quien redactó su biografía en el siglo VII. Pudo nacer a mediados del siglo IV en Roma. Pertenecía a una familia que gozaba de grandes prebendas y bienes al formar parte del prestigioso senado. Su preparación intelectual y el vigor de su fe cristiana atrajo la atención del papa san Dámaso que, además de nombrarle diácono, pensó en él como la persona idónea para asumir la responsabilidad de formar a los hijos del emperador romano san Teodosio el Grande: Arcadio y Honorio. Durante once años desempeñó en Constantinopla esta tutoría que no fue fácil por el carácter de los muchachos, hasta que a finales del siglo IV su vida tomó un rumbo diametralmente opuesto. Había muerto el emperador y la corte no le satisfacía. Las maquinaciones y la vida disipada que veía a su alrededor de algún modo dejaban su labor de preceptor en mal lugar. Bien pudo pensar que había fracasado en la tarea educativa por cuanto Arcadio y Honorio no habían respondido como cabía esperar. Con su proceder ponían de manifiesto no haber captado el valor de la vida espiritual que quiso transmitirles. Dejó su cargo de senador al que había sido elevado, y envuelto en un profundo dilema suplicó a Dios que condujera sus pasos hacia Él.«Huye de la compañía de los hombres para salvarte», fue la respuesta. Se dispuso a cumplir a rajatabla esta indicación percibida en su oración. ¿Dónde podía ir? El monacato estaba bien asentado en el desierto, y partió a Egipto para compartir el ideal de los ermitaños que moraban en Scetis.
San Juan «el Enano» fue su preceptor. Lo probó de distintas formas constatando la autenticidad de su vocación que rubricó con este vaticinio:«Este hombre será un buen fraile». Con toda delicadeza le ayudaron sus hermanos a abandonar hábitos del pasado. Sin ápice de añoranza por las comodidades y lujos que le habían rodeado, los reemplazó gustoso por la ascesis que sabía iba a conducirle a la unión con el Altísimo. Oración, mortificación y penitencia fueron alimentos que llenaros sus días y sus noches. A veces le perseguía su currículum de persona cercana a los altos gobernantes, y entonces aún añoraba más la soledad y el anonimato. Siempre a la escucha de la voz de Dios para conocer su voluntad, un día se le hizo patente en nueva locución: «Huye al silencio y la paz, que son las raíces de una vida sin pecado». Eligió lugares más apartados y continúo su itinerario espiritual por un desierto interior que iba inundando su espíritu a través de la oración y el ayuno. Dando testimonio de su generosidad y humildad, abrazado al rigor de la regla que acentuaba severamente para sí mismo, fue desprendiéndose de todo. Hasta allí llegaban noticias de los que amó, como a los hijos del desaparecido Teodosio, que habían sucumbido bajo el influjo de ciertas pasiones y malamente podían hacer frente a las consecuencias de sus actos. Esto le llenaba de gran aflicción. Hubo otros ecos de su pasado que también retumbaron en su elegido exilio. Así, un día supo que había sido nombrado heredero de los bienes de un senador. Pero rompió el documento acreditativo que le mostraron, manifestando: «Yo morí antes que el senador y, por consiguiente, no puedo ser su heredero». Sus discípulos, Alejandro y Zoilo, profundamente edificados por su vida, siguieron la senda de la virtud que aprendieron junto a él.
Arsenio amaba el silencio y velaba para no tener que vulnerarlo. Una de las raras excepciones que hizo con las visitas fue con la de Teófilo, obispo de Alejandría, quien expresamente quiso hablar con él para solicitar su consejo pensando especialmente en el grupo de personas que le acompañaban. El santo advirtió: «Os mando que, cuando alguien os pregunte dónde vive Arsenio, no se lo digáis, o bien decidles que se eviten la molestia de ir a visitarle y que le dejen en paz». Esa voluntaria reclusión, que llevaba a tal extremo, llamó la atención del abad, y él aclaró: «Dios es testigo de que os amo de todo corazón. Pero, como no puedo estar con Dios y con los hombres al mismo tiempo, prefiero dedicarme a conversar con Dios». Evagrio del Ponto fue otro de sus ilustres visitantes, y no volvió con las manos vacías porque Arsenio siempre pronunciaba palabras encendidas y juiciosas que instaban a amar a Dios y ponían de relieve su espíritu de penitencia, docilidad y mansedumbre. Se le atribuye esta reflexión: «muchas veces he tenido que arrepentirme de haber hablado. Pero nunca me he arrepentido de haber guardado silencio». Recibió el don de lágrimas, del que muchos fueron testigos. La invasión de los bárbaros el año 434 le obligó a dejar Scetis y refugiarse en Troe para trasladarse diez años más tarde a Canopo. Abandonó esta isla viendo que se acercaba su fin, y volvió a la de Troe. Desde Canopo divisaba Alejandría, lo cual suscitaba su emoción. Precisamente, las lágrimas sellaron sus últimos instantes en la tierra y sus hermanos le preguntaron por la causa: «Padre, ¿por qué lloras? ¿Tienes miedo de morir, como tantos otros?». La respuesta del santo eremita estaba en consonancia con el sentimiento espiritual que le acompañaba. Explicó que no era tanto el miedo a la muerte como el santo temor que le acompañaba al tener que presentarse ante Dios siendo que se consideraba un pecador. Culminó en paz su fecunda existencia el año 449 o 450 en Menfis.
Lecturas del día:
Lectio Divina (Primera Lectura)
El Evangelio de hoy
Primera Lectura (Lectio Divina)
Miqueas 6, 1-4; 6-8
Escuchen lo que dice el Señor:
"Levántate; llama a juicio a los montes,
que las colinas escuchen tu voz.
Escuchen, montes, el juicio del Señor,
pongan atención, cimientos de la tierra:
el Señor entabla juicio contra su pueblo,
presenta sus quejas contra Israel.
Pueblo mío, ¿qué mal te he causado
o en qué cosa te he ofendido? Respóndeme.
Con la ayuda de Moisés, Aarón y María,
yo te saqué de Egipto y te libré de la esclavitud".
¿Que cosa digna le ofreceré al Señor,
postrado ante el Dios del cielo?
¿Le ofreceré en holocausto becerros de un año?
¿Aceptará el Señor un millar de carneros
o diez mil ríos de aceite?
¿En expiación por mis culpas le ofreceré a mi primogénito,
al fruto de mis entrañas por mi pecado?
Hombre, ya te he explicado lo que es bueno,
lo que el Señor desea de ti:
que practiques la justicia y ames la lealtad y que seas humilde con tu
Dios.
Meditatio
Este texto del profeta Miqueas nos presenta la actitud clásica del
hijo que sabe que ha hecho mal, que su padre lo pondrá a juicio y que
de éste no saldrá bien librado, así que se pregunta: ¿con qué lo
contentaré? ¿Le compraré un chocolate? ¿Lo invitaré a pasear?, etc. La
respuesta es la que al final nos propone el profeta: ¡Obedécelo! En la
actualidad nos encontramos con una situación semejante a la que
ocurría en tiempos del profeta. Hoy la gente quiere agradar a Dios
únicamente con prácticas religiosas, muchas de la cuales, dada la
actitud, resultan vacías y estériles como ocurría en el siglo VIII
cuando ha predicado Miqueas. En los últimos versículos nos dice que lo
que realmente agrada al Señor es que practiquemos la justicia, que no
es otra cosa que amar a nuestros semejantes; que amemos la lealtad,
esto es que cumplamos con nuestros compromisos en todos los ámbitos
(con el cónyuge, los hijos, los amigos, el trabajo, etc.); y que
seamos humildes con Dios, esto es que amemos realmente al Señor y lo
reconozcamos verdaderamente como el Señor de nuestra vida. Con esto el
profeta nos presenta con anticipación la enseñanza que resume el
evangelio de Cristo. No valen de nada delante de Dios nuestras
prácticas religiosas si éstas no están acompañadas de amor a Dios y a
los hermanos, cuando la religión es sólo un “cumplir” y no una vida en
el Espíritu. Une a tus prácticas religiosas el amor y de esta forma tu
relación con Dios y con los demás crecerá.
Oratio
Gracias, Señor, porque en tu gran amor no sólo me pides que te busque
y que te agrade sino que me dices cómo hacerlo. Enséñame a vivir en
justicia, una justicia como la tuya llena de misericordia y equidad; a
ser leal, es decir, permanecer en cada cosa que hago y crecer para dar
testimonio de ti; y por último, enséñame a que mi vida siempre esté
postrada ante ti en humildad y adoración.
Operatio
Hoy pondré especial atención en hacer lo que Dios me dice que le
agrada: ser justo, leal y ser humilde.
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El Evangelio de hoy
Mateo 12, 38-42
En aquel tiempo, le dijeron a Jesús algunos escribas y fariseos:
"Maestro, queremos verte hacer una señal prodigiosa". Él les
respondió: "Esta gente malvada e infiel está reclamando una señal,
pero la única señal que se le dará será la del profeta Jonás. Pues de
la misma manera de que Jonás estuvo tres días y tres noches en el
vientre de la ballena, así también el Hijo del hombre estará tres días
y tres noches en el seno de la tierra.
Los habitantes de Nínive se levantarán el día del juicio contra esta
gente y la condenarán, porque ellos se convirtieron con la predicación
de Jonás, y aquí hay alguien más grande que Jonás.
La reina del Sur se levantará el día del juicio contra esta gente y la
condenará, porque ella vino de los últimos rincones de la tierra a oír
la sabiduría de Salomón, y aquí hay alguien más grande que Salomón".
Reflexión
Hoy en día, todavía nuestra generación busca de Jesús una señal
prodigiosa para creer: "Señor sana a mi hijo"; "Señor, que consiga un
buen trabajo"; "Señor, ...". Lo triste del asunto es que después de
recibir la señal, no bastándonos la prueba y señal eclatante de su
resurrección, la respuesta de fe de muchos de nuestros cristianos es
insignificante. ¿Cuántas veces hemos recibido lo que hemos pedido? Y,
¿cómo ha sido nuestra respuesta después de haberlo recibido? Después
de que Jesús nos ha dado la muestra de su amor, la fe no se
desarrolla. Por unas semanas vamos a misa o hacemos algo más de lo que
hacíamos, pero rápidamente se nos olvida y la conversión no crece, no
madura.
No seamos de los que buscan a Jesús por sus milagros y las muestras de
su amor, sino más bien de los que buscan al Señor de los milagros para
rendirle nuestro amor.
Permite que el amor de Dios llene hoy tu vida. Ábrele tu corazón.
Como María, todo por Jesús y para Jesús.
Pbro. Ernesto María Caro
Un comentario más de Irapuato
San Arsenio, monje
Año 450
En el antiguo santoral su fiesta era el 19 de julio.
San Arsenio, monje anacoreta del siglo V, es famoso por sus refranes. Muchos acudían a el caminando desde muy lejos para escuchar sus consejos.
Cuando el emperador Teodosio el Grande buscaba un tutor para sus dos hijos, el Papa San Dámaso le recomendó a Arsenio quien era miembro de una noble familia romana y muy instruido. Llegó al palacio imperial en Constantinopla el 383. Durante unos once años vivió en el palacio imperial como educador de los dos hijos del emperador, Arcadio y Honorio. Pero allí sentía cada vez mas que Dios lo llamaba a dejarlo todo para dedicarse a la oración. Oyó una voz que le decía: "Apártate del trato con la gente y ve a la soledad" Tenía unos 40 años cuando se embarcó secretamente para Alejandría y fue al desierto de Scetis.
Los monjes del monasterio, sabiendo que Arsenio había vivido mucho tiempo en palacio, le pusieron a prueba. El superior lo recibió fríamente y a la hora de comer lo tuvo de pie, junto a su mesa. En vez de pasarle un plato de comida, le lanzó una tajada de pan al piso y le dijo secamente: "Si quiere comer algo recoja eso". Arsenio se inclinó humildemente recogió la tajada de pan y se sentó en el suelo a comer. El superior, al observar este comportamiento admirable, comprendió que tenía la humildad requerida para un monje.
A pesar de su humildad, Arsenio conservaba algunas pequeñas costumbres mundanas pero con prontitud aprendió a corregirse.
San Arsenio hacía penitencias extraordinarias. En una ocasión le comunicaron que un senador riquísimo le dejaba en herencia una gran fortuna. El santo renunció a todo a favor de los pobres y exclamó: "Antes de que él muriera en su cuerpo, yo morí en mis ambiciones y avaricias. No quiero riquezas mundanas que me impidan adquirir las riquezas del cielo".
Con frecuencia pasaba toda la noche en oración. Hacía estrictos ayunos y penitencias por su propia conversión, por los pecadores y la extensión del reino de Dios. Aún mientras trabajaba no dejaba la oración. Tal era su devoción que derramaba lágrimas.
Aunque tenía la tendencia de ser conversador, prefirió el silencio y la oración. Un día su superior le amonestó por no tratar mas con las muchas personas que acudían a consultarle. El respondió: "Dios sabe que los quiero con toda mi alma y que gozo inmensamente charlando con ellos, pero como penitencia tengo que abstenerme lo más posible de las charlatanerías. El Señor me ha dicho que si quiero santificarme tengo que hacer la mortificación de apartarme del trato con las gentes".
Algunos de sus dichos:
"Siempre he sentido temor a presentarme al juicio de Dios, porque soy un pecador".
El religioso debe preguntarse frecuentemente: "¿Para qué abandoné el mundo y me hice religioso? y responderse: Me hice religioso porque quiero santificarme y salvar mi alma. Si esto no lo consigo, he perdido totalmente mi tiempo". San Bernardo tenía esta frase escrita en su habitación: "Bernardo: ¿a qué viniste a la vida religiosa? - Quiero salvar mi alma y santificarme".
San Arsenio pedía consejos espirituales a monjes con menos formación que el. Le preguntaron por qué lo hacía y respondió: "Yo sé idiomas, literatura, filosofía y política, pero en lo espiritual soy un analfabeto. En cambio estos religiosos que no hicieron estudios especiales son unos especialistas en espiritualidad y de ello saben mucho más que yo".
Un religioso le preguntó por qué los sabios del mundo que conocen tantas ciencias y han leído muchos libros son tan ignorantes en lo que se refiere a la santidad y en cambio tanta gentecita ignorante progresa tan admirablemente en lo espiritual. El santo respondió: "Es que la ciencia infla y llena de orgullo, y en un corazón orgulloso Dios no hace obras de arte en santidad. En cambio los humildes conocen su debilidad, su ignorancia y su insuficiencia y ponen toda su confianza en Dios, y en ellos sí hace prodigios de santificación Nuestro Señor".
Murió en el año 450 con mas de 90 años de edad, en Troe, Egipto.
-BUTLER, Vida de los Santos y otras fuentes
www.corazones.org/santos/arsenio.htm