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Armando F Bravo

LA PALABRA DE DIOS hoy LOS VIÑADORES – TRIPTICO CARTA - TEXTO ABAJO-
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LA PALABRA DE DIOS, HOY
DOM XXVII T. Ord – 2026 Ciclo A
CUANDO DIOS ESPERA JUSTICIA Y ENCUENTRA SANGRE
«Esperaba de ellos justicia, y he aquí sangre derramada; esperaba rectitud, y he aquí lamentos.» (Isaías 5, 7)
Dios plantó su viña en una ladera fértil.
La limpió de piedras, la cercó, sembró cepas escogidas y levantó una torre de vigilancia. No escatimó cuidado ni paciencia. Y sin embargo, cuando llegó el tiempo de la vendimia, la viña dio uvas agrias. No frutos imperfectos, sino uvas venenosas, amargas e inservibles.
Este reclamo profético no es una metáfora decorativa del pasado; es una denuncia directa al engaño espiritual en el que caemos hoy. Nos llamamos cristianos, llenamos los templos, cumplimos ritos externos y recitamos oraciones aprendidas de memoria, pero nuestra vida cotidiana destila veneno. Creemos falsamente que la religiosidad consiste en cumplir costumbres mientras el hogar y la comunidad se pudren por dentro.
Dios no juzga intenciones cómodas ni discursos elocuentes; juzga frutos concretos.
La pregunta de Isaías resuena con rigor implacable: ¿Qué más se podía hacer por nosotros que Dios no haya hecho ya? Nos dio la vida, la familia, la fe, la doctrina clara del Evangelio y el ejemplo vivo de Cristo. Y frente a esa inversión divina, muchos entregan rencor, hipocresía, murmuración, infidelidad y desprecio por el débil.
Cuando en vez de misericordia producimos violencia verbal en la casa o injusticia en el trabajo, nos convertimos exactamente en esa viña estéril que merece que se le arranque la cerca y quede expuesta al pisoteo.
LA VERDAD SIN CARETAS
El Evangelio de Mateo (21, 33-43) lleva la acusación aún más lejos: los viñadores homicidas no solo fueron desagradecidos; se creyeron dueños de lo que únicamente administraban. Asesinaron a los siervos y mataron al Hijo para quedarse con la herencia. Esa usurpación ocurre cada vez que un cristiano vive como amo absoluto de su vida, pisoteando la dignidad de quienes tiene al lado:
A los matrimonios y parejas: ¿En qué convirtieron la promesa hecha en el altar? La infidelidad no empieza en la cama ajena, sino en la mentira diaria, en la falta de transparencia, en el celular escondido y en el coqueteo virtual que traiciona la confianza. El machismo que aplasta y somete no tiene nada de cristiano; tampoco la manipulación, el desprecio silencioso ni la ley del hielo.
Destruir al cónyuge con ironías, humillaciones frente a terceros o negligencia afectiva es usurpar la viña ajena. Quien daña a su esposo o esposa con violencia física, económica o psicológica está escupiendo el rostro de Cristo presente en el sacramento.
A los hijos de familia: La soberbia moderna ha hecho creer a muchos jóvenes que no le deben nada a nadie. La altanería con los padres, la ingratitud, el descaro de exigir comodidades mientras se vive en la flojera y la desobediencia son frutos podridos.
Despreciar el sacrificio de un padre o avergonzarse de la sencillez de una madre es bajeza moral. Honrar a padre y madre no es una sugerencia condicionada al agrado personal; es un mandato tajante cuya violación corrompe el carácter humano.
A los abuelos y ancianos: Una sociedad que arrumba a sus mayores en un rincón como si fueran estorbos inservibles es una sociedad pagana. Pero también a los abuelos les toca una advertencia severa: su misión es ser faros de sensatez, perdón y oración, no sembradores de discordia en los matrimonios de sus hijos ni consentidores alcahuetes de los vicios y caprichos de los nietos. La vejez no autoriza la amargura ni el chisme familiar.
A los grupos pastorales y movimientos: Es indignante ver grupos de iglesia convertidos en nidos de envidia, pugnas de poder, celos de protagonismo y juicio implacable contra los alejados. Se pelean por figurar en el presbiterio, por coordinar o por figurar frente al sacerdote, pero no se dirigen la palabra fuera del templo. Esa doble vida escandaliza a los que buscan a Dios y convierte a los agentes de pastoral en los viñadores rapaces que cierran la puerta del Reino a los demás.
A la comunidad entera: Cerramos los ojos ante el vecino necesitado, encubrimos el fraude en los negocios, pagamos salarios miserables cuando empleamos a alguien, participamos en la corrupción diaria y luego nos golpeamos el pecho en misa de domingo. Eso no es cristianismo; es fariseísmo puro.
CONSTRUIR LO RECTO ANTES DEL DESPOJO
«Todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable,
todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad.»
(Filipenses 4, 8)
San Pablo no propone una espiritualidad pasiva de evasión. Presenta un programa riguroso de conducta ética
donde la mente, las palabras y las acciones deben estar estrictamente alineadas con la verdad. Vivir cristianamente no es abstenerse del mal por miedo al castigo; es ejecutar el bien con valentía, rectitud y perseverancia cotidiana.
La advertencia de Cristo a los dirigentes religiosos en el Evangelio es definitiva y no admite atenuantes: «El
Reino de Dios les será quitado a ustedes y dado a un pueblo que rinda sus frutos.»
Dios no depende de nuestras instituciones, ni de nuestros apellidos, ni de nuestros templos de piedra. Si quienes estamos adentro nos negamos a dar los frutos de caridad auténtica, perdón heroico y justicia social, seremos desechados. Dios levantará a otros que sí tomen en serio su Palabra.
Para dar vuelta a este camino de ruina espiritual y moral, se requiere una conversión inmediata y visible:

Cesar toda mentira e hipocresía: Restaurar la verdad absoluta en el hogar, terminar con dobles vidas y reparar el daño económico o moral causado a otros.
Perdonar y pedir perdón sin condiciones: Destruir los resentimientos añejos entre parientes y hermanos antes de volver a acercarse a cualquier altar.
Encarnar la justicia concreta: Tratar con rectitud implacable a empleados, compañeros y familiares, erradicando el egoísmo que busca acaparar beneficios a costa del sufrimiento ajeno.
El tiempo de las excusas terminó. La viña ya fue advertida y la paciencia de Dios busca cosechas verdaderas hoy, no promesas para mañana. Vivir con integridad cristiana es una urgencia moral impostergable para salvar a la familia y reconstruir la comunidad.
ORACION
Señor Jesús, Dueño de la viña:
Arráncanos la soberbia, las palabras vacías y la apariencia de piedad que nada transforma. No permitas que demos uvas agrias de rencor, división, frialdad o injusticia. Poda en nosotros lo que estorba: la mentira, la pereza y el egoísmo que lastima a los nuestros. Danos un corazón limpio y valiente para sembrar verdad en el hogar, perdón en las ofensas y justicia en la comunidad. Que nuestras obras hablen más alto que nuestras palabras, para que, al mirarnos, el mundo reconozca que somos verdaderos hijos de Dios y demos frutos abundantes que permanezcan. Amén.

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