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Dime qué consumes y te diré quién eres.

Seamos honestos: la miseria cultural que consumimos no es un accidente, es un espejo. Y lo que refleja no es bonito. Cada vez que damos clic a un video mediocre, cada vez que compartimos a un ignorante por “risa” o por morbo, estamos confirmando que el problema no son ellos… somos nosotros.
Algunos régimenes no tienen que esforzarse demasiado: solo necesitan sembrar ignorancia y esperar a que floreciera la vulgaridad. Hoy, los frutos están a la vista. Figuras sin valores, sin educación y sin visión llenan las pantallas porque a la sociedad le basta con ruido, escándalo y distracción barata.
Y no solo eso: hemos llegado al punto en que la chabacanería se celebra, la decencia se ridiculiza y la inteligencia parece una amenaza. Así de bajo hemos caído.
Mientras tanto, los grandes hipócritas del espectáculo político y social juegan a ser “antiimperialistas”, pero vuelan encantados al imperio que critican, gastan dólares con gusto y hacen negocios a la sombra de aquello que dicen detestar. Son farsantes, sí. Pero lo verdaderamente trágico es que el público los sigue premiando.
Aquí está la verdad que nadie quiere decir en voz alta:
El circo no solo continúa porque hay payasos… continúa porque hay audiencia.
Una audiencia que se queja de la decadencia mientras la financia.
El día que dejemos de aplaudir, la función se acaba.
Hasta entonces, la culpa también es nuestra.
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