Carta del Prelado del Opus Dei sobre el Año de la Fe.
Carta del Prelado del Opus Dei sobre el Año de la Fe
El Prelado del Opus Dei ha escrito una carta extensa con motivo del Año de la Fe. Señala la necesidad de una nueva evangelización, así como la exigencia de conocer y profesar la propia fe, uniéndose a Cristo por la oración.
29 de septiembre de 2012
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CARTA PASTORAL CON OCASIÓN DEL "AÑO DE LA FE"
Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei
Roma, 29 de septiembre de 2012
SUMARIO
NECESIDAD DE UNA NUEVA EVANGELIZACIÓN
VOLVER A LAS RAÍCES DEL EVANGELIO
Ejemplo de los primeros cristianos
Es cuestión de fe
Un firme punto de apoyo
ALGUNOS CAMPOS PRIORITARIOS
La investigación y la enseñanza
Armonía entre fe y razón
La moralidad pública
La institución familiar
CONOCER Y PROFESAR LA FE
Ejemplos de fe
El ejemplo de san Josemaría
Pedir la fe y profundizar en esta virtud
FORMACIÓN DOCTRINAL
Formación en la doctrina de la Iglesia
Profundizar en la doctrina de la fe
UNIÓN CON CRISTO MEDIANTE LA ORACIÓN Y EL SACRIFICIO
Unión con Cristo en la Cruz
Meterse en las Llagas de Cristo
Recurrir al Espíritu Santo
El arma de la oración
La sal de la mortificación
LA TAREA APOSTÓLICA
Cada uno en su puesto
Como el fermento en la masa
¡Mar adentro!
Poner todos los medios
A MODO DE CONCLUSIÓN
Piedad eucarística
Veni, Sancte Spíritus!
La devoción mariana
* * *
Queridísimos: ¡que Jesús os guarde!
1. Todos hemos experimentado una gran alegría con la Carta apostólicaPorta fídei, en la que el Papa nos anunciaba el Año de la fe. Benedicto XVIno se ha ahorrado esfuerzos para presentar los contenidos fundamentales del Evangelio, con un lenguaje accesible a los hombres del siglo XXI. Y en esta línea, con ocasión del quincuagésimo aniversario del comienzo del Concilio Vaticano II, convocó el 11 de octubre de 2011 un Año de la fe, que comenzará el próximo 11 de octubre, para concluirse en la solemnidad deJesucristo, Rey del universo, el 24 de noviembre de 2013. El inicio de este año coincide además con el vigésimo aniversario de la constitución apostólica Fídei depósitum, con la que el beato Juan Pablo II ordenó la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, un texto de extraordinario valor para la formación personal y para la catequesis que hemos de desarrollar sin tregua en todos los ambientes.
El Año de la fe se presenta, pues, como una nueva llamada a cada uno de los hijos de la Iglesia para que tomemos conciencia viva de la fe, nos esforcemos por conocerla mejor y ponerla fielmente en práctica y, al mismo tiempo, nos empeñemos en difundirla, comunicando su contenido —con eltestimonio del ejemplo y de la palabra— a las innumerables personas que no conocen a Jesucristo o que no le tratan.
Se duele el Santo Padre de que un gran número de cristianos —también entre los que se consideran católicos— «se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ésta, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas»[1].
2. No resultan nuevas estas consideraciones. Por paradójico que pueda parecer, ya desde la conclusión del Concilio Vaticano II se entreveía el peligro de que, en amplios sectores de la Iglesia, el entusiasmo suscitado por aquella Asamblea pudiera quedarse en meras palabras, sin afectar en profundidad a la vida de los fieles; o que incluso, en aras de equivocadas interpretaciones y aplicaciones de las enseñanzas conciliares, el genuino espíritu cristiano acabara asimilándose equivocadamente al espíritu del mundo, en lugar de elevar el mundo al orden sobrenatural.
Quienes afrontamos aquellos tiempos, recordamos el dolor con que Pablo VI —una vez finalizado el Concilio— se lamentaba con frecuencia ante la gran crisis de fe, de disciplina, de liturgia, de obediencia, que se cernía sobre esos sectores de la Iglesia. San Josemaría se hacía eco de esa preocupación del Santo Padre y, en una carta dirigida a sus hijos, escrita poco antes de la clausura del Concilio, nos manifestaba: «Conocéis el amor con que he seguido durante estos años la labor del Concilio, cooperando con mi oración y, en más de una ocasión, con mi trabajo personal. Sabéis también mi deseo de ser y de que seáis fieles a las decisiones de la Jerarquía de la Iglesia hasta en los menores detalles, obrando no ya como súbditos de una autoridad, sino con piedad de hijos, con el cariño de quienes se sienten y son miembros del Cuerpo de Cristo.
»No os he ocultado tampoco mi dolor ante la conducta de los que no han vivido el Concilio como un acto solemne de la vida de la Iglesia y una manifestación del obrar sobrenatural del Espíritu Santo, sino como una oportunidad de afirmación personal, para dar rienda suelta a las propias opiniones o, peor aún, para hacer daño a la Iglesia.
»El Concilio está terminando: se ha anunciado repetidas veces que ésta será la última sesión. Cuando la carta que ahora os escribo llegue a vuestras manos, se habrá iniciado ya el periodo postconciliar, y mi corazón tiembla al pensar que pueda ser ocasión para nuevas heridas en el cuerpo de la Iglesia.
»Los años que siguen a un Concilio son siempre años importantes, que exigen docilidad para aplicar las decisiones adoptadas, que exigen también firmeza en la fe, espíritu sobrenatural, amor a Dios y a la Iglesia de Dios, fidelidad al Romano Pontífice»[2].
No había el menor atisbo de pesimismo en san Josemaría, al hablar así; quería resaltar que, entonces y en todas las circunstancias, hacen falta mujeres y hombres de fe.
3. A pesar de los esfuerzos del Magisterio en el último medio siglo, y deltestimonio fiel de gran número de personas, entre las que no han faltado los santos, la desorientación ha ido extendiéndose por el mundo entero. Escribe el Papa: «No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cfr. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en Él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cfr. Jn 4, 14). Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y con el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cfr. Jn 6, 51). En efecto, la enseñanza de Jesús resuena todavía hoy con la misma fuerza: "Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna" (Jn 6, 27). La pregunta planteada por los que le escuchaban es también hoy la misma para nosotros: "¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?" (Jn 6, 28). Sabemos la respuesta de Jesús: "La obra de Dios es ésta: que creáis en el que Él ha enviado" (Jn 6, 29). Creer en Jesucristoes, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación»[3].
4. El Año de la fe nos ofrece una ocasión magnífica para profundizar en el tesoro divino que hemos recibido y, con la gracia de Dios, difundir esta virtud en ondas concéntricas que lleguen muy lejos; se nos presenta una oportunidad inmejorable para dar un fuerte impulso a la nueva evangelización que necesita el mundo, comenzando por nuestra mejora diaria, con hechos, en el trato con las tres Personas de la Trinidad, amparándonos precisamente en la fe que tuvieron María y José, a los que tanto contempló y admiró san Josemaría, para dar pasos en su identificarse con Cristo, con la Voluntad divina. Si deseamos mover a las almas para que se acerquen a Dios, hemos de hablarles, ante todo, con nuestra vida de cristianos.
Conocemos que nuestro Padre volvió los ojos de modo incesante a los Apóstoles, a los primeros cristianos. En los Doce y en aquellas primitivas comunidades de hombres y mujeres que siguieron a Cristo, brillaba con fuerza la seguridad de su fe en Cristo, en sus enseñanzas. Supieron y quisieron escudriñar el paso del Redentor por los caminos de la humanidad. No es exagerado pensar que retendrían, con mucha fuerza, las múltiples ocasiones en las que Jesucristo reclamaba con exigencia, a los enfermos, a los tullidos, a ellos mismos, que acudieran a Él con fe, que rezaran o pidieran con fe. Como también resulta evidente que guardarían bien grabada en el alma aquella reprensión paterna, clara, sobre su falta de fe, precisamente antes de confiarles que fueran por todo el mundo para llevar la Buena Nueva (cfr. Mc 16, 14-15).
Salta a la vista que los primeros cristianos eran conscientes de que también a ellas y a ellos —son maravillosos los muchos testimonios que nos han transmitido con su conducta— les correspondía creer firmemente en la gracia del Cielo, para dar cumplimiento al mandato de extender las enseñanzas del Maestro.
Los Doce, y aquellos hermanos y hermanas nuestros, fueron conscientes de que esa virtud, tan exigida por el Hijo de Dios, abría el camino a la esperanza de que el plan redentor se cumpliría. A la vez, su amor y agradecimiento al Dios Uno y Trino se hizo cada día más recio, más apostólico, es decir, capaz también de arrastrar hacia la Verdad a personas de todos los ambientes y profesiones.
5. Hijas e hijos míos, otro tanto sucede ahora, porque los medios —como nos repetía san Josemaría— son los mismos: el Evangelio —¡vivido!— y el Crucifijo.
Pregonemos a toda hora que redescubrir el gozo y la seguridad de la fe es obligación de la Iglesia universal, de toda la Iglesia: por tanto, no sólo tarea de los pastores, sino que compete a todos los fieles. Lógicamente, los pastores han de ir por delante, con su …