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Mons. Aguer

El Misterio de la infancia, y algunos aportes de la literatura universal.

Si no recuerdo mal, ya he escrito sobre este argumento, sobre la infancia como entrañable fenómeno humano. Contemplando los ojos de los niños de diversas civilizaciones y culturas, descubrimos un mismo misterio: los ojitos infantiles son como pequeñas ventanas por las que puede uno asomarse a la profundidad de lo que puede llegar a ser el hombre; quiero decir el varón o la mujer.

¿Hasta qué edad se puede ser niño? La Constitución Argentina, o las leyes en que se articula, consideran que el ser humano –para el caso, el ciudadano- es niño hasta los 18 años. Probablemente, este límite responde a tiempos pasados, que no conocieron la aceleración de la vida contemporánea.

Sería interesante recorrer la literatura universal para comprobar quiénes, entre los autores célebres, se atrevieron a afrontar el misterio de la infancia, y acertaron a describirlo de algún modo. No me extraña que algunos de esos autores hayan sido incapaces de percibir esa plenitud de la Creación, que es el alma de un niño. He observado un ejemplo en el caso de nuestro gran Jorge Luis Borges. Hace tiempo, el padre Leonardo Castellani señaló la incapacidad de Borges para habérselas con la religión –murió, de cualquier modo, hace 40 años, reconciliado con la Iglesia, y recibió los Santos Sacramentos-, y con el sexo. Se me ocurre que algo semejante se podría decir respecto de los niños, ausentes en las páginas del eximio escritor.

Estoy leyendo ahora, por tercera vez, “Los hermanos Karamazov”, la obra maestra de Fedor Dostoiewski, un modelo sobresaliente de la literatura rusa. Advierto algo en lo que no había reparado en las dos lecturas precedentes: la dulzura conmovedora de los niños en su amor por el respectivo padre; especialmente puesta de relieve cuando éste sufre una afrenta. Detecto varios ejemplos. El niño extiende sus bracitos mientras exclama: “papá, papá, lo que te ha hecho este hombre… cuando yo sea grande te vengaré”. La ternura infantil busca el abrazo, en una maravillosa inversión de lo que podría ser al revés.

Se trata de un fenómeno humano que puede registrarse en todas las civilizaciones y culturas, en las que tiene vigencia el valor de la familia. El Hijo Eterno de Dios se hizo hombre en el seno de una familia. En los Evangelios –sobre todo en el de San Juan- se pone en evidencia el amor de Jesús por el Padre Celestial; podríamos pensar en un amor análogo de Jesús por San José, reflejo del Eterno Padre. “Tu padre y yo te buscábamos angustiados” (Lc 2, 48), dice María a su Hijo, cuando lo reencuentran en el templo de Jerusalén; “yo tengo que estar en las cosas de mi Padre” (Lc 2, 49), responde Jesús. “Tu padre” – “mi Padre”.

Se ha ponderado hasta el exceso la relación del niño con su madre. El Día de la Madre tiene ya larga vigencia. El Día del Padre es muy posterior. Pero estas celebraciones deben ser inculcadas y enseñadas a los niños; sin necesidad de señalar Días específicos. El misterio del niño en su amor a la madre y al padre son la realidad cotidiana en todas las capas sociales; en la riqueza y en la pobreza, en la casa y en la calle.

La pobreza sufrida por los niños es más dolorosa. En la Argentina de hoy el nivel de pobreza señala al 42, 3 por ciento de la población infantil. Se comprende, entonces, la nostalgia de quienes recuerdan que en la “Nueva Argentina del General Perón, los únicos privilegiados son los niños”. Fueron otros tiempos…

+ Héctor Aguer

Arzobispo Emérito de La Plata.

Buenos Aires, viernes 12 de junio de 2026.

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. -
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