Salió de casa con los bolsillos vacíos. Aquella mujer recorrió el centro de la gran ciudad que anunciaba ya la navidad del consumo, con alumbrados, carteles publicitarios en las avenidas, centros comerciales vestidos de fiesta, mendigos, puestos de castañas asadas, colas para comprar lotería, y una multitud ingente haciendo sus compras… Ella se sentó junto a una fuente de piedra en mitad de una plaza. Hizo silencio. Respiró el olor de la noche, sintió el frío en sus pies, tomó conciencia de que era dueña de su propio destino, el rumor del agua llenó su corazón de esperanza. Volvió a casa con el espíritu lleno. Sin haber gastado un solo céntimo pasó una velada entrañable. Dios se fijó en ella. Se alegró. Y se fijó también en la tristeza de una sociedad que confundía la navidad con regalos, cenas excesivas, grandes fiestas y consumo irreverente. La sociedad había perdido el horizonte de la esperanza, y en su horizonte no aparecían los empobrecidos, ni el sufrimiento de los siempre olvidados.
Salió de casa con su auto lleno de años, de kilómetros, de reparaciones, en una ciudad de tráfico desordenado y loco. En la comunidad cristiana de Santa Mónica de Niamey, Níger, se preparaba la navidad poniendo en el centro a Jesús y su evangelio. Conscientes de su pequeñez, de su pobreza, junto al misionero que se parecía a Jesús, rezaban juntos, celebraban juntos, con la esperanza de ser mejores personas, de ayudarse mutuamente sin olvidarse nunca de que el niño Dios llega a los corazones de la gente más sencilla animando sus vidas en la lucha cotidiana por salir a delante. Al volver a su casa tomó la sopa de siempre y el misionero envió a sus compañeros la última reflexión del último libro que había leído.
(Paco Bautista, misionero sma)
Así, desde lo sencillo, os deseo: ¡FELIZ NAVIDAD!